La Plaza estuvo repleta desde el comienzo, con Lucio Rojas, hasta el final, con su hermano Jorge, cuando ya eran casi las cinco. Soledad trajo sus flores a la medianoche.

Y la medianoche fue la hora de Soledad. Trajo flores frescas: no sólo las que estaban estampadas en su vestido y en el de su hermana Natalia, o por las que entregó al público al final, sino también por el ramo de canciones nuevas y aún desconocidas que ofrendó.

La comunicación con la gente sigue intacta, e incluso más pulida: Soledad habita el escenario como si se tratara de un domingo en familia grande, y el público se siente parte de esa confianza que transmite su transparencia. Ella ya no agita ponchos (ni cantó A don Ata), y aunque intenta imprimirle un paso veloz al repertorio, por momentos incluso con medias canciones, su paso es más sereno, templado por el tiempo, como su voz.

El cancionero nuevo, con algún tema fronterizo al pop, revela, antes que nada, que aún no siente que ha llegado a su remanso definitivo. Entonces, busca, y buscar es salud.

Pero la Soledad de siempre, incluso la de antes del escenario, puede rastrearse claramente el fragmento en el que junto a Natalia cantan un puñado de clásicos. En la intensidad con que ellas se miran a los ojos se presiente la ilusión con que aprendieron a cantar folklore, con las letras y los acordes escritos en un cuaderno o acaso con algunos de los libritos de Arnoldo Pintos.

El camino sigue abierto, y el magnetismo también.

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1 comentario

  1. Gladys Corujo
    1 de febrero de 2018
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    Adelante. Mucho éxito. Cuando vienes a San Juan, PUERTO RICO. Por favor consideralo. Besos, Gladys.

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