20 años de Soledad en Jesús María: el día que llegó el huracán


Una noche de 1998 Soledad enloqueció a Jesús María con su poncho al viento. Fue un martes 13, durante la edición 33ª del festival. Una multitud copó las instalaciones del José Hernández para una noche inolvidable. Hace 20 ediciones, la artista tenía apenas 17.

Después de la presentación del lunes 12 de enero de 1998, cuya estelaridad nadie podía discutirle a Horacio Guarany, muchos de los espectadores de esa noche se quedaron hasta la noche siguiente en el portón de ingreso del Festival de Doma y Folklore de Jesús María, haciendo cola para presenciar la actuación de una piba de 17 años que se llamaba Soledad Pastorutti y que había llegado al folklore apadrinada por César Isella.

A las 12 del mediodía de ese martes 13, el termómetro se acercaba a los 30 grados y había una cola de cinco cuadras de extensión. Los bares no daban abasto para el expendio de bebidas frías y la venta de bolsas de hielo no frenó a lo largo de toda la jornada. Familias enteras se descolgaban de camiones, autos, y colectivos, convirtiendo a Jesús María en un verdadero hormiguero humano.

La multitud obligó a los bomberos voluntarios de la ciudad a apostarse con un autobomba cerca del portón de ingreso del festival y rociar periódicamente a la gente que esperaba que se abrieran los portones de ingreso, mucho antes del horario habitual.

En horas de la siesta, la comisión organizadora, que estaba presidida por el profesor Rodolfo Visintín, tuvo que tomar una determinación: la gente que pugnaba por ingresar no cabía en el anfiteatro a menos que suspendieran la jineteada de ese día y abrieran las puertas del campo de la doma. Y eso fue lo que se decidió en aquella jornada.

De las heladeras familiares, que en esa época no pagaban entrada, salía todo tipo de refrigerio y ­muchos espectadores tenían encima cantidades industriales de melancía, cerveza y vino con gaseosa. Se sentía una excitación especial en el aire, una expectativa de participar de una suerte de comunión que ungiría a una nueva estrella popular: la histórica noche en que Soledad actuaría allí por primera vez.

Marea humana

La apertura de los portones de ingreso produjo la primera estampida con gente que corría con sus bártulos para encontrar un lugarcito lo más pegado posible al escenario. El anfiteatro de esa época tenía capacidad para unas 13 mil personas sentadas cómodas en las gradas, y otras 1500 personas en la bandeja de tribunas que estaba contra los palenques.

Piénsese que en 1998 los teléfonos móviles no sacaban fotos ni filmaban (sólo servían para hablar por teléfono), las cámaras de foto llevaban rollo y un complejo proceso de revelado, la mayoría de los periódicos no tenía página web o, si la tenía, era precaria y no permitía intercambio con los lectores. Por eso, a los registros de esa época hay que rastrearlos en hemerotecas o en álbumes de fotos de papel, y apelar a la memoria colectiva para reconstruir un hito en la historia de este Festival de Doma y Folklore que lleva 52 ediciones.

Pese a las limitaciones de re­gistro, Soledad Pastorutti, “la Sole”, también conocida como el “huracán de Arequito” iba a dejar una huella imborrable y uno de los récords históricos de venta de entradas para una noche de martes. Difieren las versiones en cuanto al número exacto, mientras que algunos sitúan la cifra en 33 mil otros le añaden 2 mil en­tradas más.

Los menores ingresaron gratis ese día, además de las entradas que el festival regalaba a sus colaboradores y las que obsequiaba por protocolo. En resumen, los cálculos de la Policía estimaron en 44 mil personas dentro del anfiteatro esa noche. No cabía ni un alfiler y caminar dentro del predio fue una tarea prácticamente imposible.

La ansiada actuación

Precedida por Los Alonsitos, Facundo Toro, Los Tekis, María Fernanda Juárez, Ivana y Los Maitas, y Vale 4, entre otros artistas, la actuación de la “Sole” era lo que la gente esperaba y lo que le hicieron saber cuando apareció en el escenario ataviada con bombacha de gaucho negra, remera blanca, chaleco negro, sombrero, botas rojas, y el histórico poncho del revoleo colgado como una capa de superhéroe.

Pastorutti tenía apenas dos discos grabados, Poncho al Viento y La Sole, pero había vendido alrededor de un millón de copias con esos trabajos. Aunque en su repertorio había grandes clásicos del folklore nacional, la banda que acompañaba a Soledad le imprimía una velocidad infernal. El fallecido animador Luis Oscar Aísa fue el encargado de presentarla y el huracán de Arequito arrancó su set con Campo afuera, en medio del griterío ensordecedor de la multitud.

Después, encadenaría 13 temas más, entre los que no podían faltar La del norte cordobés, A don Ata, Que nadie sepa mi sufrir, y Kilómetro 11.

“No puede faltar en mi boca el nombre de Arequito, el pueblo que me vio nacer”, dijo Soledad a poco de brindar las buenas noches. La frase encerraba mucho más de lo que parecía porque era así como Soledad se había ganado a sus seguidores: reconociendo sus orígenes, mostrándose “familiera”, arengando, pidiendo palmas, y con un decir campechano.

Soledad era un fenómeno pocas veces visto en el folklore porque sus méritos estaban lejos de su calidad interpretativa. Tenía un “no sé qué”, irradiaba simpatía por todos los poros, y se mostraba humilde cuando alguien intentaba compararla con, por ejemplo, la enorme Mercedes Sosa. No se prestaba a la polémica casi nunca y tenía ¡sólo 17 años!

Los que estuvieron esa noche de 1998 en Jesús María jamás olvidarán esos miles de ponchos y remeras revoleados al viento. Noches iguales habría pocas después.

Fuente: vos.lavoz.com.ar

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