Otra mirada al paso de Soledad por Cosquín


Solo las lágrimas dulces de la hora de la cosecha, la caricia lenta de los años que convierte a los romances de verano en amores verdaderos, pudieron por una vez convertir al huracán en la brisa emocionada de una inolvidable noche de enero.

Veinte años después, Soledad paró su reloj y sintió a las canciones pasar otra vez, pero tal vez como nunca las había sentido.

Sucedió donde tenía que suceder: en Cosquín, en el escenario donde alborotó de adolescencia al país folklórico. De todos los extraordinarios frutos que han madurado en el árbol del festival, ella ha sido quizás el más silvestre.

La alfombra roja que recibió sus pies, la delegación de periodistas que hicieron traer especialmente de Buenos Aires, la gran lista de invitados entre los que estaba el Olimpo de artistas más convocantes del folklore, sólo hubiera sido una gigantesca y aparatosa puesta en escena si Soledad no hubiera sido, a la vuelta del tiempo, la misma piba que es capaz de llegar al corazón de la gente.

Esa es la razón primera de su dimensión popular, algo que sólo se entiende cuando se la ve a ella y a la multitud mirarse a los ojos. Muchas de las cosas que pasaron durante más de dos horas en la madrugada del martes, sólo se explican porque se trataba de Soledad.

Luna de todos

La imagen del penúltimo final, por ejemplo: casi todos los invitados en escena (sólo faltaban Jorge Rojas y Abel Pintos) reunidos para cantar Luna tucumana, es una imagen ya extraviada en las grandes reuniones de música criolla. Era el homenaje que faltaba: a Atahualpa Yupanqui, y así debía ser.

Esa es otra de las razones de su encuentro con la gente: la apasionada y contagiosa pasión con la que abraza el folklore. Por eso, fue que luego de casi un par de minutos de deliberar a la vista de todos (pero no a los oídos) con Abel Pintos sobre cuál canción elegir para hacer el único bis con un visitante, se decidieron por Cuando llegue el alba.

“Viste que aprendí a cantar tranquilita, despacito”, le dijo a su compañero de escena. Sí, los dos juntos saborearon la zamba palabra por palabra, con fraseos cargados de afecto: toda una instantánea memorable.

Algo parecido había pasado cuando quedó a solas con Raly Barrionuevo, y treparon con delicadeza la Luna cautiva del Chango Rodríguez.

Ese es el paso que llevó casi toda la noche: soltando las palabras con atención y cuidado. Parecía disfrutarlo de un modo especial, como si hubiera alcanzado un escalón más en su crecimiento. Porque, bueno es reconocerle, a Soledad los años no le pasaron sólo preservando la fórmula del momento original.

Diferente

Claro que las estrellas de la noche, el peso del tiempo, la espesura de la emoción le cargaban la espalda del ánimo. Era la misma pero distinta. Aunque con Soledad no hay que interpretar demasiado, ella se lo cuenta a todos: “Si bien me dicen ‘el Huracán’, también tengo estos momentos. Por eso es que me llamo Soledad”.

Entre grupos y solistas, fueron 18 invitados. Su carisma también funciona con los colegas, y también es lo que hizo posible sortear el riesgo de que la atención de la gente se quedara prendida de algunos de los visitantes. No es sencillo ver pasar a tantos notables sólo por tres minutos, pero siempre los ojos volvían a ella.

Las gotas que quedaron en la piel de la plaza no eran de lluvia ni de rocío: la gente también dejó caer lágrimas dulces de buena cosecha.

Fuente:
VOS | LA VOZ DEL INTERIOR 
Por Alejandro Mareco

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1 comentario

  1. Julia
    4 de febrero de 2016
    Responder

    Muy sentidas palabras!! Expresan tal cual se vivió esa noche allí! Excelente!

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