
Fue en 1960. Faltaban aún veinte años para que Soledad Pastorutti se plantara en este mundo cuando el “Cheche” Bardini, tras mucho pensarlo, con algo de pomposidad, inauguró la historia. Anotó prolijamente, con sus manos cuidadas de peluquero, el título de la que sería la gran obra colectiva del pueblo : El Libro de anotaciones, anécdotas y hechos de Arequito. Tomo 1.
Era, aquélla, una época de vacas ni muy gordas ni muy flacas, cuando sembrar soja era una elección para los osados y no el motor de la economía de la zona. Desde entonces, en el pueblo pasó de todo, y todo fue puesto en las páginas que se acabaron pronto y obligaron a inaugurar nuevos tomos. Y sin embargo, hasta ahora, en esa memoria viva del pueblo, cosa increíble, nadie se animó a escribir nada sobre “la Sole”. “Es que nos sobrepasa: todavía no podemos ponerlo en palabras“, reconoce el peluquero.”¿Cómo hacemos para contar el vendaval Soledad?”, se pregunta. No hay escriba que se anime.
“Aquí se puede dormir muy bien si a uno no lo aturde el silencio“, sentencia Doña Nelly, que a falta de hoteles alquila una habitación a los que no quieren pasar la noche en Casilda. A ochenta kilómetros de Rosario, la ruta 92 corta en dos a este pueblo santafesino de casas bajas, sólidas y humildes. Un pueblo de 7.000 habitantes que no promete mucho, acaso para no decepcionar. A la vera de la ruta, un par de carteles anuncian la Fiesta Nacional de la Soja, en octubre. No están ilustrados con un brote de la planta verde y enérgica, sino con la chica del poncho al viento, privilegio compartido con las paredes de casi todos los negocios del pueblo. Con la primera mirada, asombra que las chicas – lindas, fruto acabado de la unión entre italianos, yugoslavos y españoles – usen el pelo con el look de su ídola. Es que el ventarrón Soledad genera sueños y vanidades. Muchas de las adolescentes cuentan, enseguida, que estudian guitarra en Rosario, que tratan de cantar, que esperan que el destino haga que el milagro de LA SOLE – por qué no – se repita con ellas.

Si se pregunta por una calle, nadie, ni siquiera el más viejo del lugar, sabe decir donde queda. Cuando se dice a quién se busca, en cambio, hasta los chicos de la primaria largan una ristra de detalles. El hábito se amplifica si se busca la casa de la calle Alem al 1500, epicentro del “terremoto” que sacudió al pueblo. En esa casa austera, con revoque a la vista, vivió toda su vida la niña cantora. La casa que su papá mecánico y su mamá profesora de danzas pudieron conseguir en una vida que hasta hace dos años estaba jalonada por mas privaciones que despilfarros. Una casa en una esquina que antes era el lugar de encuentro obligado para los asaltos, por esos días en que la sole y sus compañeros pispeaban cómo era eso de ser adolescente en un pueblo que no garantiza demasiada acción. El lugar ahora se transformó en santuario y a veces en botín de guerra. “Mire, desgastados por las uñas de cientos de fans que quieren llevarse algo de ella, los canteros se quedaron sin tierra“, dice Mary, una vecina de la cuadra. La verdad, Soledad pisa cada vez menos su casa de la infancia, porque compró una casita a veinte metros, frente a un paredón atestado de graffiti que esconde un depósito de maquinarias agrícolas. Allí, los forasteros, que visitan el pueblo para conocer su casa, escribieron mensajes de apuro para la pequeña de voz ronca y vital.
Erosionada su intimidad, espiada tantas veces mientras apuraba unos simples mates amargos, La Sole prefiere pasar ahora sus días de descanso en la casa de sus abuelos maternos en Los Molinos, a qunce kilómetros de Arequito. Por eso, también, en la casa que los Pastorutti se construyen en las afueras, los obreros levantaron el paredón antes que los cimientos. No está terminada, pero los lugareños ya la llaman, con cierta reverencia, “La Mansión”.
Como en todo Santa Fé, en Arequito el fútbol divide a la gente en mitades. O se es del 9 de julio, el equipo de La Sole, o se acaba hinchando por Belgrano. Los dos equipos luchan cabeza a cabeza por la punta del campeonato, y el domingo Belgrano es local, mientras que “los pulgones” de 9 de julio deben visitar a Atlético Chabás. En la cancha, los tablones sufren los saltos de los nada violentos hinchas de 9 de Julio, que coparon la parada. Se hacen llamar: la elite“, y su hit alude a la chica maravilla de Arequito. “Y ya lo vi/ y ya lo vi/ la sole canta y es poeta de la elite“, gritan y mucho, pero el equipo apenas empata.
En el bar “Rossini” atiende don Haedo Sagioratto, padre de Hugo, el otro punto referencial de Arequito que en los 70 hacía malabares con la camiseta de Independiente y llevó al “Bocha” Bochini más de una vez al pueblo. Sagiorato padre, al que le dicen “Sordo” como al hijo pero con más razón, es hincha rabioso de Belgrano y está contento porque alcanzaron a los rivales del pueblo. Dice que no le molesta que Soledad haya desplazado a su hijo del sitial de ídolo del lugar, porque ella se lo merece desde los ocho años, cuando cantaba en las peñas a la vez que vendía casa por casa el diario Eco de Arequito. Los sábados y domingos hay que esquivar las bicicletas y motos – tiradas en la vereda, sin candado, porque los robos son raros – si se quiere entrar a los dos locales copados por los más chicos. Son los días movidos para la “Batucueva”, el local de jueguitos electrónicos, y “Mix”, el polirrubro de la esquina que hace las veces de centro. Allí matan las horas las barras de adolescentes que, presos de su propio estallido hormonal, hacen poco caso de Soledad y prefieren recordar a otras figuras legendarias que salieron del pueblo. Las vedettes Mónica Guido y Yanina Cilli, por ejemplo, mucho menos conocidas pero rotundamente mas voluptuosas que la propia folclorista. Mirko y David cuentan que “La Guido” casi ni aparece por el pueblo y agregan que, en cambio, la Yanina sí, no se la creyó tanto.
Llega el domingo a la noche y el bar “Sinatra” está lleno. Ya terminó la vuelta al perro, una especie de exhibición de motos, bicis y camionetas en que todos miran y son mirados como si no se conocieran desde hace años. En “Sinatra” suena música suave, casi toda nacional. “¿Por qué no vinieron el viernes?”, preguntan todos. Y explican que ese día estuvieron Sole y Nati, que bailaron cumbia hasta que empezaba a clarear y que el “Fresita” – mezcla de champán con durazno – corría como agua.
De pronto una noticia que, al fin, no tiene que ver ni con las canciones ni con el dinero de La Sole. “Murió don Gamboa, recién, en el colectivo, dormido“, dicen, y la novedad va de boca en boca como una contraseña. Al decir de Yupanqui, en los pueblos del interior la muerte es el último espectáculo que da una persona. Todo velorio, en Arequito, es un acontecimiento. “Dormido, una muerte linda tuvo” dice alguien, sin estridencias. A las tres de la mañana ya no hay nada que hacer. Los que quedan deciden ir por Marita, que alquila ratos de amor, ofreciéndolos ahí nomás, desde arriba de su auto. Pero hoy el Renault 12, rojo, de la mujer no se divisa en las calles de Arequito.
El lunes la gente amanece temprano, y a las nueve de la mañana el pueblo parece más desolado que nunca. En los bares son muchos los brazos que esperan una changa mientras ven por enésima vez la repetición de los goles del domingo. Frente a la plaza, en diagonal a la iglesia, Benvenuto Frittegoto abre su negocio de fotografía. “Tiempos malos son estos, con los granos que valen la mitad que hace un año. Y acá, en última instancia, todos dependemos de la soja“, dice, resignado a esperar tiempos mejores. Como aquellos de fines de los 70, cuando con la carga de un camión de granos se podía comprar una “chata” cero kilómetro.
En los negocios no entra casi nadie. Las cosas no van bien pero todos esperan que el 12 de octubre, cuando Sole cumpla años y los festeje en un recital, cambie de una vez la mano. El “Cheche” Bardini pasa por la peluquería cerrada y extraña las discusiones. Dice que a veces piensa en la muerte, con ese catarro que lo tiene a maltraer. Muestra el tomo III del libro del pueblo, y se ve que en febrero escribió: “Este año, de los olores de mi pueblo me faltó el de dulce de higo casero. Culpa: el mucho llover, dicen“. Ahora, hace rato que no llueve en Arequito. Y se va el peluquero para su casa. Nadie sabe que piensa mientras camina encorvado. Quizás, en que haya que juntar coraje, organizar el material, ver por dónde se empieza. Cuando los vecinos se decidan a escribir sobre Soledad, el gran acontecimiento que le sucedió al pueblo, el libro necesitará varios tomos urgentes.
Texto: Diego Heller
Revista Viva












