En el fondo de la disquería Notorious hay un casamiento de día. Adelante, el ambiente es relajado. Soledad está revisando una batea de vinilos de jazz y rock argentino. Dice que su padre le ponía los discos de José Larralde y que ahora escucha la música en Spotify.

Por Gabriel Plaza para La Nación | Fotografías: Alejandro Guyot

Posiblemente si Omar Pastorutti no hubiera sido tan obsecadamente capricorniano, como ella, no estaría en el lugar que está. Cuando nadie podía verlo, ese aficionado al folklore y ex mecánico de pueblo en Arequito -una ciudad de veinte mil habitantes en la provincia de Santa Fe, hasta ese momento conocida por su producción sojera-, que año tras año escuchaba las temporadas de Cosquín por la radio, tenía la visión de su hija cantando en la plaza mayor de folklore. El sueño se hizo realidad cuando Soledad cumplió los 15 años y subió a cantar invitada por el festival, adonde llegaba con resignación, por tercera y última vez, como se había prometido. Era 1996 y se transformaba, así, en uno de los fenómenos populares más inesperados y sorprendentes de la industria musical argentina en las últimas décadas.

Desde aquel momento, Soledad confía en el destino, en algo que impulsa sus actos y que obra como una fuerza misteriosa.

-¿Creés que tu destino ya estaba marcado?

-Me crie principalmente en una familia católica. Quizá mis creencias pasan mucho por eso también, por una cuestión de costumbre. Si tengo que pedir algo, se lo pido a Dios, a Jesús o a la Virgen de Luján. Aunque me gusta creer que muchas cosas dependen de nosotros y que el camino vos lo marcás, ya hay otra ruta señalada y es lindo ir descubriéndola, entender que si otro hubiera hecho las cosas de una manera distinta quizás hubiera sido diferente. Pero también es lindo saber que hay otras cosas que iban a ser así. Me parece que la vida es un misterio en un montón de aspectos.

-¿El accidente que tuviste en la ruta a Santa Fe, en mayo de 2015, tiene que ver con esa mirada más mística que tenés ahora sobre la vida?

-Si querés podés llevarlo para ahí. O no. Tuvimos un accidente bastante grande y estamos todos vivos. Teníamos una imagen de la Virgen de Luján que nos había regalado una persona que había acondicionado el micro de gira. Yo no voy a misa todos los domingos, pero lo que sí me pasa es que a veces siento la compañía de un ser, siento la protección, siento que necesito creer que hay algo superior que me puede guiar, aun en los peores momentos. Esa noche estuvimos protegidos, porque realmente el tipo que nos chocó venía a 130 kilómetros por hora y no tumbó el micro de casualidad. Todas las cosas negativas que pudieron haber pasado no ocurrieron.

-Entonces, ¿creés en ciertas señales?

-Con el accidente me cayeron las fichas. Ese día [16 de mayo de 2015] era el cumpleaños de Horacio Guarany, que vivía en Luján. Tengo una imagen grande de la Virgen que estaba en mi departamento de Buenos Aires y cuando me iba a mudar a Arequito la miraba y le preguntaba dónde quería estar. Yo siempre tenía la fantasía de hacer una pequeña capilla en mi campo. No se lo había contado a nadie y un día viene una persona que nos sigue y dice que estaría bueno que hicéramos una capilla y pusiéramos la Virgen ahí. Eso me pareció una señal. Y como ésa te puedo contar muchas más, pero prefiero preservármelas porque hay gente que no cree. Y a mí me gusta creer.

-¿Adoptaste otra filosofía a partir de ese accidente también?

-Me gusta mucho sentir que a algunas cosas, como el dolor, uno las puede transformar. En definitiva, tenés la posibilidad de estar vivo. Podés elegir entre dos posturas radicales: o todo me pasa a mí, y esperás a que alguna vez el número que compraste salga en la quiniela, o ves cómo van apareciendo cosas en tu camino y las vas transformado. Vivir, pero vivirla de verdad. En movimiento.

-¿Hay una dualidad entre la Soledad que está arriba de un escenario y la Soledad que anda por el pueblo en Arequito?

-Y… hay que ponerse otro traje. Básicamente creo que soy yo con mis sueños, mis deseos, mi forma de crear la felicidad, pero la persona que la gente conoce en el pueblo es difícil imaginársela arriba del escenario. Es como otra, toda sencillita, chiquita, humilde, esas son las cosas que me dice la gente allá. Soy como cualquier persona y así concibo la vida, pero arriba del escenario me la tengo que creer. Esta es mi extraña normalidad y, a la vez, es raro porque la gente te conoce y no te conoce. Piensa que sos amiga, pero no es así. Me atrae igualmente esa manera de relacionarme, me resulta divertida.

-La maternidad no detuvo tu movimiento de giras.

-Me gusta estar en movimiento. Con mis hijas soy terrible. Todo el tiempo les invento cosas nuevas. No soy una persona que se sienta a ver la televisión. Jamás. El hecho de ser mamá me cambió un montón las prioridades. Hago un balance de mis tiempos ahora. Salgo mucho a trabajar y entonces no estoy en casa por varios días. Otras mujeres pueden decir: “Me dedico este año a estar en casa más pendiente de mis hijos”. Y no quiere decir que no esté pendiente, pero tengo esta cosa que soy dos personas en una. La vida cotidiana que pasa por una ama de casa que cada tanto se regala una siesta, hace una lectura, prepara la comida, juega y estudia con ellas, que sale a andar en bicicleta, que está atenta a si se enferman o no; y de repente se hace un quiebre en esa rutina, dejo todo preparado, y me voy a cantar. Me voy a “ser la artista”.

-¿Te dejás llevar más por la intuición o por las decisiones racionales en tu vida?

-No sé si por la intuición. Soy obstinada: se me mete algo en la cabeza y ahí quiero llegar. Voy, pero no voy racionalmente. Voy porque no lo puedo evitar. ¡Y mirá que a veces tengo el mundo en contra! Voy también incluso en contra de mis sentimientos. No son grandes decisiones, me refiero a cosas de la vida cotidiana. Parecen un capricho, pero en el fondo no lo son. Es un deseo constante para que algo suceda y no puedo frenarlo.

-Hay una frase tuya recurrente que pareciera un lema: “Ser uno, sin forzar nada”…

-Sé que esto es difícil porque vivimos en una sociedad, convivimos. Esto no quiere decir que no sea política y no deje de entender que hay otro que pueda ser diferente, pensar diferente, pero creo que cuanto más claro es uno, cuanto menos hipócrita, mejor. Cuando tenés gente que por miedo no dice “pifiaste acá, desafinasta acá”, es un error. Aprendí más de las críticas que de los elogios. Todo lo que crecí en estos años fue porque, con mejor o peor onda, me marcaron un camino. Vendí un millón de copias, pero no por eso soy la mejor de todas. O al revés también: si las cosas no te van tan bien, tampoco sos la peor. Está bueno ser genuino. Es un valor que cuesta encontrar en un ser humano, porque es un laburo decir lo que pensás.

-¿Cuándo sentís que apareció tu identidad en términos personales?

-Me parece que cuando aprendí a decir que no, que me cuesta horrores. Soy muy anfitriona y no me gusta quedar mal con nadie. Prefiero que el otro esté bien a priorizarme. Cuando empecé a decir que no encontré a otra Soledad. Decir que no, pero de otra manera. Le encontré la vuelta a expresarme con total sinceridad sin lastimar al otro y dejar de andar componiendo un personaje que no soy, porque sostenerlo es costosísimo. En algún momento tenés que decir hasta acá llegué y eso me liberó. Incluso con Jeremías, mi marido, y con Gonzalo [Zambonini], mi mánager. Cuando empezás a hablar las cosas y decís: “No te ofendas, pero esto no me gusta”, está buenísimo. Mis hijas me enseñaron eso. Se aprende mucho, porque los chicos no te mienten.

-¿Y en términos artísticos?

-Cuando saqué el disco Diez años empecé a tomar las riendas de mi vida. Haberme casado, haber hecho mi casa, me hizo crecer también en otros sentidos. Después, a los dos años, vino Antonia [su hija más grande, actualmente de 6 años]. Fue esa etapa cuando dejaba atrás a la niña adolescente y me convertía en mujer en todos los sentidos. Empecé a estar más segura con lo que quería y a tener un poco más claro hacia dónde me iba.

-¿Y cómo fue cambiando la relación con tus padres?

-Al principio era viejodependiente. Los adoro, pero la relación a medida que pasan los años es otra. Uno lo ve en el vínculo de mi viejo con mi abuela, por ejemplo. Pensar que a uno le va a pasar lo mismo… Pero para mí siguen siendo geniales. Mi papá, con todos sus defectos y virtudes, es la persona que tiene la palabra distinta. El tiene una mirada del horizonte que, como decía Cortázar, no está para mirarlo y nada más. Él, a pesar de haber nacido en un pueblo con siete mil habitantes, con una mamá que tenía miedo de que cruzara la calle, hijo único y todo, siempre gozó de la virtud de ir un poco más allá. Yo soy su fruto, y de mi mamá, en otro sentido. Ella es más ama de casa, una persona no muy sociable pero que rebasa de amor, que es en definitiva lo que te hace crecer y sentirte fuerte. Yo no soy una persona que demuestre mucho cariño; soy medio parca, pero con mis hijas no me guardo nada. Es bueno que sepan lo que siento, también si nuestra relación cambiara con los años. Es lo que mis papás me dejaron. Los primeros años de vida, cuando ni sabía que había problemas económicos o de salud en casa porque era una nena, él venía cantando y… le estaban por rematar la casa. Y ella, se bancó vivir con la suegra en otro pueblo, algo que las mujeres hoy no haríamos. Ahora tenemos otro tipo de convivencia, las decisiones las tomo yo. Es una linda relación, no-tóxica.

-¿Qué implicó el fenómeno que se produjo con vos a partir de Cosquín? Eras adolescente, una edad de por sí conflictiva

-Fue duro, de lo más complejo. Mucha exposición pública en una edad en que uno no quiere exponerse por las cosas más tontas, como la cara llena de granos, o si estás gordita o flaquita, o por el corte de pelo o si te maquillaste o no. Como mujer nunca fui segura físicamente. Me costó mucho porque, además, yo quería salir a los boliches y me perdía muchos cumpleaños de 15 de mis amigas. No era que no me dejaban salir, pero tenía dos contras: al ser conocida no la pasaba tan bien, porque hacía folklore y para la gente de mi edad no era algo muy copado. Y además me aparecía la duda de si se acercaban a mí porque realmente les interesaba como mujer o porque era conocida. Cuando esto se transformó en un trabajo me costó mucho. Recuerdo una noche que volví de un boliche y me habían pegado un bife, así de la nada, un borracho. Vine enojada y mi papá me dijo: “No podés hacer la misma vida que tus amigas”. Hasta el viaje de egresados a Bariloche fue horrible porque nos seguían todo el tiempo los paparazzi. En ese momento lo sufrí. Fui a la nocturna, porque llegaba de gira y me iba sin dormir al colegio. Pero pasado el tiempo, cuando uno elige se da cuenta de que esto no fue tan grave. Mis amigos siguen siendo los mismos y con mi pueblo siempre mantuve una relación cercana. Allá puedo salir a caminar como cualquier persona.

-¿Un año antes de que pasara lo de Cosquín dónde estabas como artista?

-En Cosquín a punto de subir en el show de César Isella. Cuando estaba al borde del escenario, me mira Mabel Ongaro, de la Comisión Municipal de Folklore, y me dice: ¿Cuántos años tenés? Yo no podía mentir. Le dije 14 y, como había una disposición municipal que prohibía actuar a menores después de la medianoche, no me dejaron subir al escenario. Todavía tengo la triste imagen, con mi hermana, sentadas en el cordón de la vereda, detrás del escenario. Le habíamos avisado a mi abuela y a todo el pueblo que subíamos esa noche y no pudimos. No volvimos enseguida al pueblo; por vergüenza, nos quedamos unos días en las playas del río Cosquín. Para peor, perdí la malla y no encontraba de mi talle. Son esos momentos que sentís que está todo mal. Le dije a mi papá: “No volvemos nunca más”.

-Pero tu papá insistió

-Sí, por suerte, y al año siguiente volvimos a ir. Él siempre creyó en mí. No frenó nunca. Antes del Cosquín de la consagración, habíamos ido dos veces. La primera, a una peña de un señor que probaba artistas para la peña oficial, relacionada con el escenario mayor. Después estuve en la peña de Isella, ahí me fueron a ver Saravia, de los Chalchaleros, Landriscina, Mercedes Sosa y Horacio Guarany, porque ya había corrido en el boca a boca que había una nenita que cantaba folklore. Ya teníamos como una hinchada, porque tocábamos ahí todas las noches, como parte del staff junto a Los Tekis, Rubén Patagonia y Markama. Una noche cayó el intendente Walter Constanzo y el locutor arengó desde el escenario para que suba a cantar de nuevo. Era un viernes. Recuerdo que mi viejo se había vuelto a buscar a mi mamá y a Natalia al pueblo. Tenía una Ford Fairline y cuando estaba volviendo por la ruta escucha la transmisión de LV3 que dice: “Atento Arequito, atento Arequito”. Se le cortaba la radio, entonces paró con el auto al lado de la ruta y con la mano tocaba la antena para poder escuchar. Esa noche subí de vuelta a cantar y el intendente me invitó al escenario mayor. Y bueno, acá estamos. Tratando de subxistir.

-Todo ese proceso fue rápido, quemaste muchas etapas artísticas de golpe.

-Yo disfruto más hoy que al comienzo de mi carrera. Agradezco que me haya pasado. Lo importante es que pasó y que sigo viva. Si uno pudiese acomodar las cosas, lo más lindo hubiese sido estar preparada para lo que se venía, pero bueno se dio así. Como hablábamos antes, el camino está medio marcado y vos tenés que ir piloteándolo, a veces más rápido, otras más despacio, a veces viene una curva… Siempre digo que mi vida es como un tetris. ¿Viste que van cayendo las piezas y uno las va acomodando como puede?

-¿Ya estás acomodando mejor las piezas?

-Ahora sólo hago lo que siento, lo que me gusta.

Fuente: Diario La Nación